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2024/11/01

Los japoneses en México (Viva Japón viva México)

 


Los japoneses en México

Son por todos apreciados,

Son de carácter colérico

Y muy valientes soldados.


Nos tienen mucho cariño

A todos los mexicanos,

Por eso del viejo al niño

Los queremos como hermanos


El gringo esta muy celoso

Y ve muy mal nuestra tierra;

Se cree un gigante coloso

Y con todos quiere guerra.


Ha soñado de un jalón

En una sola mañana,

Comerse al bravo japón

Y a la nación mexicana.


Que diga: ¿puede triunfar

Tio Sam, a quién interrogo

Habiendo un tigre en la mar,

El héroe almirante Togo?


Esos gringos, no, jamás,

Les faltan muchos calzones;

Esa guerra es por demás,

Guarden mejor sus cañones.


Huerta es un hombre enérgico

A quien tú nunca dominas,

Y el Japón y nuestro MéXico

No es Cuba ni Filipinas.


México es hospitalario,

Proteje a todo extranjero,

Al rico y al proletario

Y sobre todo al obrero.


Los yanques todos que vengan,

Que nos visite su flota,

Pero que nunca intervengan

En lo que no les importa


En paz silos admitimos,

Pueden pisar tierra Azteca

Y más al ser nuestros primos

Que viven en Norte América.


Nos ligan con ellos lazos

De amistad, y de concordia;

Les abriremos los brazos

Pero que no haya discordia.


Porque aqui los mexicanos,

Sea Pedro 0 Juan (las cotonas)

Despedazan a tiranos,

Los cetros y las coronas.


*Los japoneses en México (Viva Japón viva México), 1900.
*Autor: Leonardo Navarijo.
*Imagen: José Guadalupe Posada.

2022/09/21

LOS RATEROS.- Chauffeur [Pseud.]

LOS RATEROS.

 

Los rateros - Chauffeur


Hablando del desarrollo que el hurto callejero va tomando en esta capital, decía un joven lagartijo que acaba de llegar de Paris:

- No me escandaliza el incremento que adquiere la ratería entre nosotros, sino el modo grosero con que lo despojan a uno de sus prendas más valiosas. En Europa y Estados Unidos, la profesión del ratero no está destituida de nobleza y cortesía, al menos en el modo de practicarse. Los ladrones y los robados se producen en aquellos países con una corrección irreprochable.

- Caballero, dice un RATA, tengo el honor de saludar a usted y me tomo la libertad de manifestarle que acabo de apoderarme de su reloj.

Y al caballero responde;

            - Siento en el alma no haberme apercibido de ello, y me doy por enterado con verdadera satisfacción de su atento aviso, por lo cual protesto a usted mi sincera gratitud. Y agrega:

- Si no es indiscreción, sírvase usted decirme: ¿qué es lo que piensa hacer con la prenda adquirida?

- Empeñarla, caballero, mutando con la aquiescencia de usted.

- No hay inconveniente, dado que se trata de un hecho consumado. Sólo voy a permitirme indicar a usted mi dirección, para que se digne enviarme el boleto de la casa de préstamos donde coloque la prenda, ofreciendo dar a usted por tan señalado favor una cantidad que, con su respectiva gratificación, entregaré a quien me lleve el documento sin más averiguaciones.

- Muchas gracias, caballero.

- De nada, señor mío.

- Otro servicio más, si no lo soy molesto.

- Nada do eso: puede usted mandar.

- Hágame la merced de acompañarme hasta la esquina, no vaya a tomarme el gendarme como persona sospechosa y peligren mi libertad e intereses.

- ¡Estoy a las órdenes de usted!

 

Los rateros - Chauffeur [Pseud.], Zig-zag, Año 2, Núm. 79 (2 De Julio De 1911). 1911. Print.

2017/06/26

El Enemigo – Efrén Rebolledo

EL ENEMIGO [Fragmento]

Quiso tener un amigo, y fijóse en aquellos de modo de sentir semejante al suyo, como más aptos para labrar con su auxilio esa forma de amistad que había soñado, que conserva y fortalece el afecto como un ánfora los licores generosos; pero no lográndolo, habíase hecho huraño, y dedicádose a analizar el carácter de los que lo rodeaban; sintiendo una satisfacción acre, saboreando algo así como un cruel absintio cada vez que encontraba su observación en el fondo del espíritu sujeto a su estudio, y a través del agua más o menos clara de educación y sociedad, el mismo asiento de rencor, el mismo poso de interés y de egoísmo.

lampionblume

No podía vivir la vida de los otros; no tenía sus gustos ni sus preocupaciones, y lleno de tristeza en su alma ingénitamente bondadosa, veía su vida estéril, sin un lazo ni un cariño; y en las noches, cuando caminaba pensativo por las calles bajo el frío y la melancolía luminosa del cielo, contemplaba desolado la luna y quién sabe qué corrientes de simpatía y qué extraño parentesco hallaba entre aquel astro triste y solitario, sin árboles, ni agua, ni vida, y su alma sin afectos y sin amor.

Entregábase entonces al estudio, consagrábase al Arte; buscando en los libros la magia que en su derredor no encontraba; viviendo enclaustrado dentro de sí mismo; y poblando su mundo interior con los tesoros de sus sueños y de sus tristezas.

Efrén Rebolledo.

2017/01/10

Zygmunt Bauman - El Terror de la Muerte


Zygmunt Bauman - El Terror de la Muerte.

Zygmunt Bauman en Gramscimanía

“Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate”


Irreparable... Irremediable... Irreversible... Irrevocable... Sin reversión o remedio posible... El punto sin retorno... El final... Lo definitivo... El fin de todo. Hay un suceso (y sólo uno) al que se pueden atribuir todos esos calificativos sin excepción, un suceso que torna en puramente metafóricas todas las demás aplicaciones de esos mismos conceptos, un suceso que da a éstos su significado primario, prístino, sin adulterar ni diluir. Ese suceso es la muerte,

        La muerte es temible por una cualidad distinta a todas las demás: la cualidad de hacer que todas las demás cualidades ya no sean negociables. Todos los acontecimientos que conocemos o de los que tenemos noticia tienen —salvo la muerte— un pasado y un futuro. Cada suceso —excepto la muerte— tiene escrita con tinta indeleble (y aunque sea con la más pequeña de las letras) la promesa de que la trama de la obra «continuará». La muerte, sin embargo, sólo lleva una inscripción: lasciate ogni speranza (si bien la idea de Dante Alighieri de grabar esa frase final sin apelativos sobre la puerta del Infierno no era realmente legítima, ya que, tras cruzar esa entrada, no dejaron de sucederse nuevas anécdotas... ¡incluso después de haber pasado bajo aquel letrero que ordenaba «abandonar toda esperanza»!). Sólo la muerte significa que nada ocurrirá a partir de entonces, que nada le ocurrirá a usted' es decir, que nada sucederá que usted pueda ver, oír, tocar, oler, disfrutar o lamentar. Por eso la muerte seguirá siempre siendo incomprensible para los vivos. De hecho, cuando se trata de trazar un límite verdaderamente intraspasable para la imaginación humana, la muerte no tiene rival. Lo único que no podemos (ni podremos jamás) visualizar es un mundo que no nos contenga a nosotros mismos visualizándolo.

        Ninguna experiencia humana, por rica que sea, proporciona la más mínima pista de lo que se siente cuando nada más va a suceder y ya no queda nada que hacer. Lo que aprendemos de la vida, día tras día, es exactamente lo contrario; pero la muerte invalida todo lo que hemos aprendido. La muerte es la encarnación de «lo desconocido», y entre todos los demás «desconocidos» es el único que es plena y realmente incognoscible. Sea lo que sea que hayamos hecho para prepararnos para la muerte, ésta siempre nos sorprende desprevenidos. Para empeorar aún más las cosas, convierte la idea misma de «preparación» (la acumulación de conocimientos y habilidades que define la sabiduría de la vida) en algo totalmente inválido y nulo. Todos los demás casos de desesperanza y desventura o de ignorancia e impotencia podrían curarse con el esfuerzo adecuado. Pero no éste.

        El «miedo original», el miedo a la muerte, es un temor innato y endémico que todos los seres humanos compartimos, por lo que parece, con el resto de animales, debido al instinto de supervivencia programado en el transcurso de la evolución en todas las especies animales (o, al menos, en aquellas que sobrevivieron lo suficiente como para dejar rastros registrables de su existencia). Pero sólo nosotros, los seres humanos, conocemos la inexorabilidad de la muerte y nos enfrentamos, por tanto, a la imponente tarea de sobrevivir a la adquisición de tal conciencia, es decir, a la tarea de vivir con (y pese a) la constancia que tenemos del carácter ineludible de la muerte.

2016/09/22

Discurso político.

politico

En nuestro partido político cumplimos con lo que prometemos.
Sólo los necios pueden creer que
no lucharemos contra la corrupción.
Porque si hay algo seguro para nosotros es que
la honestidad y la transparencia son fundamentales
para alcanzar nuestros ideales
Demostraremos que es una gran estupidez creer que
las mafias seguirán formando parte del gobierno como en otros tiempos
Aseguramos sin resquicio de duda que
la justicia social será el fin principal de nuestro accionar.
Pese a eso, todavía hay idiotas que fantasean -o añoran- que
se pueda seguir gobernando con las mañas de la vieja política.
Cuando asumamos el poder, haremos lo imposible para que
se acaben las jubilaciones de privilegio y los negociados.
No permitiremos de ningún modo que
nuestros niños mueran de hambre.
Cumpliremos nuestros propósitos aunque
los recursos económicos se hayan agotado.
Ejerceremos el poder hasta que
Comprendan desde ahora que
Somos la "nueva política".

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Somos la "nueva política".
Comprendan desde ahora que
ejerceremos el poder hasta que
los recursos económicos se hayan agotado.
Cumpliremos nuestros propósitos aunque
nuestros niños mueran de hambre.
No permitiremos de ningún modo que
se acaben las jubilaciones de privilegio y los negociados.
Cuando asumamos el poder, haremos lo imposible para que
se pueda seguir gobernando con las mañas de la vieja política.
Pese a eso, todavía hay idiotas que fantasean -o añoran- que
la justicia social será el fin principal de nuestro accionar.
Aseguramos sin resquicio de duda que
las mafias seguirán formando parte del gobierno como en otros tiempos
Demostraremos que es una gran estupidez creer que
para alcanzar nuestros ideales
la honestidad y la transparencia son fundamentales
Porque si hay algo seguro para nosotros es que
no lucharemos contra la corrupción.
Sólo los necios pueden creer que
en nuestro partido político cumplimos con lo que prometemos.

2016/05/29

El Abogado - Arkadi Avérchenko

 

EL ABOGADO

Cada fracaso le enseña al hombre
algo que necesitaba aprender.
Dickens

Law_

I

—Puede usted felicitarme —me dijo un joven conocido con su rostro redondo iluminado por una sonrisa de felicidad—. Acabo de obtener el título de abogado.

—¿De verdad?

—¡Palabra de honor! —dijo con gravedad.

—¿No se trata de una broma? —le pregunté.

—Amigo mío —contestó en tono docente—; los hombres que como yo constituyen la guardia de honor de la Ley, no bromean. Los defensores de los oprimidos, los escuchas de las grandes tradiciones jurídicas, los pontífices del templo de la Justicia no tienen derecho a bromear...

Y después de mirarme unos instantes en silencio, sin duda para comprobar el efecto que sus importantes palabras me habían producido, añadió:

—¿Necesita usted los servicios de un abogado?

Me di una palmada en la frente.

—¿Cómo no he de necesitarlos? Nosotros, los directores de periódicos, somos a menudo víctimas de persecuciones... La semana que viene seré procesado, con motivo de la noticia que publiqué sobre la barbarie de un oficial de policía.

—¿Qué ha hecho ese oficial?

—Le pegó una paliza a un judío.

—No lo entiendo. Si quien le ha pegado la paliza al judío ha sido el oficial ¿Por qué le van a juzgar a usted?

—Porque esta prohibido publicar noticias de este género, que al parecer menoscaban el prestigio de las autoridades. Sin duda la paliza ha sido confidencial, no destinada, en modo alguno, a la publicidad.

—Bueno. Me encargo de ese asunto, aunque es difícil, muy difícil.

—No sabe cuánto lo celebro. Usted me dirá cuáles serán los honorarios...

—Los que cobran todos los abogados.

—Le agradecería que fuera un poco más explícito.

—¡El diez por ciento, hombre de Dios!

—¿De modo que si me condenan a tres meses de cárcel, usted estará en chirona nueve días en lugar mío?... Estoy dispuesto a cederle a usted el cincuenta por ciento.

El joven jurisconsulto repuso con ribetes de desconcierto:

—¿Pero es que no va usted a solicitar una indemnización pecuniaria?

—Me gustaría saber a quién. ¿Al Tribunal? ¿Al oficial de policía? ¿Al judío, porque, al permitir que le pegasen, ha sido en cierta forma la causa de un procesamiento?

El joven abogado estaba completamente desconcertado.

—¿Quién me pagará entonces? Como usted supondrá, no voy a trabajar de balde. El título me ha costado un ojo de la cara.

—Como se trata de un proceso político...

—En los procesos políticos, ¿no cobra el defensor?

—Si es un abogado que se estima, no.

—¡Pues nada, no cobraré ni una «copeica»! ¡Haré ese sacrificio en aras de la libertad!

—¡Gracias! ¡Choque la mano!

II

El joven me explicó la base de su defensa.

—Usted dirá —me aconsejó— que no ha editado tal noticia.

—¡Alto! El periódico en que la noticia ha sido publicada servirá a los jueces de pieza de convicción.

—¿Ah, sí? ¡Qué imprudencia ha cometido usted...! Entonces será preferible que declare que el periódico no es de su .propiedad.

—¡Pero si figura mi nombre bajo el titulo y junto a la palabra «director»!

—Pero si usted afirma que no lo sabía...

—¡No, no puede ser! Nadie ignora en Petersburgo que el director del periódico soy yo.

—Pero el tribunal no llamará a deponer a todo Petersburgo... Por otra parte, puede decir que la noticia ha sido publicada en ausencia de usted.

—Sería una mentira inútil a todas luces: como director soy responsable de cuanto se publica en el periódico.

—¿Ah, si?... ¡Vaya, vaya...! Y dígame: ¿por qué ha publicado usted esa noticia tan estúpida?

—¡Hombre!

—¿Qué necesidad tenía usted de inmiscuirse en un asunto privado entre un policía y un judío? ¡Ustedes, los periodistas, se meten en todo!

Bajé los ojos avergonzado, arrepentido de mi inconsciencia.

El joven se apresuró a cambiar de tono al ver mi remordimiento.

—En fin, no soy yo el llamado a acusarle: de eso se encargarán los jueces. Yo soy su defensor. ¿Y qué duda cabe de que saldrá usted absuelto?

III

Cuando entramos en la Sala, mi abogado palideció tanto, que me creí en el caso de decirle al oído, sosteniéndole, temeroso de que se desmayara:

—¡Ánimo, amigo mío!

—¡Es maravilloso! —susurró tratando de disimular su turbación—. La Sala está casi vacía, a pesar de tratarse de un sensacional proceso político.

En efecto, los únicos bancos públicos ocupados lo estaban por dos estudiantes que, sin duda, habían leído en la prensa la noticia de mi proceso y querían verme condenar. O quizá estaban resueltos a ejecutor algún acto heroico para salvarme. ¿Quién sabe? Su aire era en extremo decidido, y se leía en sus rostros un odio feroz a nuestro régimen político y un amor sin límites a la libertad. Acaso su propósito fuera sacarme a viva fuerza de la Sala si el veredicto era condenatorio, y huir conmigo a las praderas del Oeste salvaje, destinadas a ser escenario de mis tremebundas hazañas.

Sin prestar apenas atención, oí la lectura del acta de acusación. Mi pobre abogado atraía casi por entero mi interés, porque su aspecto, en aquel momento, era muy perecido al del héroe de la obra del Víctor Hugo: «El último día de un condenado a muerte».

—¡Ánimo! —volví a aconsejarle.

—El señor defensor tiene la palabra —dijo con acento majestuoso el Presidente, una vez terminada la lectura del acta.

Mi abogado continuó hojeando sus papeles, como si aquello no le interesara poco ni mucho.

—El señor defensor tiene la palabra.

—¡Empiece usted su discurso! —susurré, dándole al joven un codazo en la cadera.

—¿Qué...? ¡Ah, sí! ¡En seguida!

Se puso en pie. Se tambaleaba. «Este muchacho —pensé— va a desplomarse encima de mí»

—Suplico a los señores jueces que aplacen la vista del proceso —balbuceó.

—¿A santo de qué? —exclamó atónito el presidente.

—Para citar testigos.

—¿Con qué objeto?

—Con el de probar que cuando se publicó la noticia de autos, el condenado...

—El acusado —rectificó el presidente—. No se le ha sentenciado aún.

—Ha sido un «lapsus», señor presidente. Con el fin de probar que cuando se publicó la noticia de autos el condenado, digo el acusado, estaba fuera.

—Es indiferente. Como director es responsable de cuanto se publica en el periódico.

—¡Ah, naturalmente, me había olvidado! Sin embargo, yo creo que...

Mi mano agarro convulsivamente el faldón de la levita del abogado y tiré con violencia.

—¡No reitere usted! —cuchichee.

El letrado se encaró conmigo. Su palidez iba en aumento. Sus temblorosas manos se apoyaban en la mesa.

—¿Que no reitere? De acuerdo... Señores jueces, señores jurados...

Nuevo estirón

—Jurados, no. ¡Aquí no hay jurados!

—Es lo mismo... Señores Jurados, si los hubiera, que debía haberlos aquí en representación de la opinión pública...

Campanillazo presidencial.

—Ruego al señor defensor que se abstenga de toda manifestación política personal.

—Señor presidente... El calor de la improvisación...

Largo silencio. El orador ya no estaba pálido: estaba sencillamente lívido. De repente, con la brusca resolución de un jugador desesperado que apuesta a una carta todo el dinero que le queda, gritó:

—Señores jueces: tengo el honor de manifestarles que en el supuesto delito de mi defendido concurren circunstancias excepcionales.

Expectación. «¿Qué excepcionales circunstancias serán esas?», pensé.

—¡Declárelas su señoría!

—¡Al punto, señor Presidente! Señores jueces: mi defendido es inocente. Es un hombre— le conozco a fondo— incapaz de delinquir. Su moral es elevadísima.

El joven abogado consumió de un trago un vaso de agua.

—¡Palabra de honor, señores jueces! Mi defendido, testigo presencial de la paliza policíaca...

—¿Yo? —protesté en voz baja— ¡No siga por ese camino!

—¿No? Bueno... no diré que fuese testigo presencial de la paliza policíaca, pero... señores jueces, la vida de nuestros periodistas es un verdadero calvario de privaciones y miseria. Pesan sobre ellos multas, confiscaciones, denuncias... Y con harta frecuencia están faltos, ¡ah, señores!, hasta de un pedazo de pan que llevarse a la boca. Hallándose mi defendido, periodista entusiasta, periodista de los que ponen toda su energía en el ejercicio de su profesión; hallándose mi defendido, señores, en una situación económica desesperada, compareció en su casa un judío que le relató su caso: un oficial de policía le había pegado; y le ofreció determinada suma de dinero por publicar la noticia en su periódico. La tentación, señores jueces, era demasiado fuerte y mi defendido...

—¡Señor letrado! —interrumpió lleno de asombro el Presidente.

—¡Déjeme su señoría continuar! —chilló mi defensor en un verdadero frenesí de audacia—. Mi defendido redactó la noticia para ganarse el pan. ¿Es eso un delito? ¡Yo os aseguro, con la mano sobre el corazón, que no lo es!

Tosió, bebió otro vaso de agua y. llevándose la mano al lado izquierdo del pecho, prosiguió:

—Mi cliente posee una conciencia tan limpia como la nieve que blanquea las sublimes cimas del Everest. Es, sencillamente, la víctima de las dificultades de la vida, de la miseria, del hambre. Mi defendido, señores jueces, es, asimismo, una de las grandes esperanzas de nuestras letras si le condenáis... Mas no, no le condenaréis, no osaréis condenarle... ¡Cuarenta siglos os contemplan!

—El acusado tiene la palabra —dijo el Presidente, en cuya faz seria y avejentada se dibujó una imperceptible y disimulada sonrisa.

Yo me levanté e hilvané el siguiente discurso:

—Señores jueces: permitidme algunas palabras en defensa de mi abogado. Es un joven que acaba de recibir su título ¿Qué sabe de la vida? ¿Qué ha aprendido en la Universidad? Aparte de unas cuantas artimañas jurídicas y cuatro o cinco frases célebres, lo ignora todo. Con este bagaje científico que cabe en una punta de un pañuelo, empieza hoy a vivir. ¡No le juzguéis demasiado severamente, señores jueces! Tened compasión del pobre mozo y no consideréis un crimen lo que no es sino ignorancia y candidez. Además de jueces, sois cristianos. Yo apelo a vuestra generosidad y a vuestros sentimientos religiosos y os ruego que le perdonéis. Tiene aun toda una vida por delante y se corregirá con el tiempo. Estoy seguro, señores jueces, de que obedeciendo a los impulsos de vuestros nobles corazones, absolveréis a mi abogado en nombre de la verdadera justicia, en nombre del verdadero derecho.

Mi discurso emocionó mucho a los jueces. El abogado se llevó el pañuelo a los ojos.

Cuando los jueces acabaron su deliberación y ocuparon de nuevo sus asientos, el presidente declaró:

—El acusado ha sido absuelto.

Poco amigo de frases ambiguas, yo me apresure a preguntar:

—¿Qué acusado?

—Los dos. Usted y su defensor.

Mi defensor fue felicitadísimo. Los dos estudiantes parecían un poco defraudados; sin duda hubieran preferido que yo huera víctima ele la injusticia social.

Mi abogado y yo salimos juntos de la Audiencia y nos encaminamos a Telégrafos, donde mi abogado puso un telegrama que rezaba así:

<Apreciada mamá: Acabo de darme a conocer como abogado, defendiendo procesado político. He sido absuelto.—Nicolás>

 

Arkadi Avérchenko.

2010/02/13

ILHUICAMINA, El flechador del cielo

Para celebrar este 14 de febrero, aquí algo de la época prehispánica, dejando por un rato a los licántropos y a vampiros que en vez de matar sangrientamente y sin piedad, toman clamato y tienen su corazoncito… bueno… como decía, espero les guste, una historia de amor, donde éste lo puede todo a pesar de cualquier adversidad (y dije AMOR, que conste).

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Nunca se le había visto tan triste. Por eso, la gente comentaba entre sí:

      -¿Qué le pasa a Ilhuicamina?

      -¿Qué le sucede al Flechador del Cielo?

      ...-¿Qué tristeza le hiere?...

      Y nadie sabía, más que él, su dolor. Tenía una herida, no de flecha de batalla guerrera -¡Tantas batallas de ésas había ganado!-, sino de flecha de batalla de amor. Era esa la flecha que le molestaba dentro, la que había hecho callar sus cantos y apagar su voz.

      Caminaba con los ojos perdidos, lentamente -como una tortuga sin mar-. Quien le miraba no lo reconocía. Él, el de los brazos fuertes; él, el de la voluntad férrea; él, el de los ojos que sabían ver lejos; él, el de la inteligencia clara... estaba cabizbajo, vencido.

      -¿Qué te acontece?-. Le preguntaban quienes le querían bien.

      Pero él no contestaba, ni para bien ni para mal.

      Tan sólo el cenzontle, pájaro de muchas voces, y el ciervo lo veían por las tardes. Se encaminaba a la cima de una montaña cercana; y desde ahí, con su arco lanzaba rabiosamente flecha tras flecha hacia arriba, como si al tirar quisiera clavar sus puntas, sus filos de obsidiana, en la entraña del cielo.

      Tan sólo el tecolote lo había visto muchas noches. Ilhuicamina, subía a la cima de la misma montaña y se sentaba en una piedra a meditar, con la mirada alta. De vez en cuando cerraba los ojos, para pintar con sus pensamientos a Citlalixochitl, para pensar en ella, a quien su padre no le permitía unirse a él, flechador y guerrero por oficio. Y así, meditando y meditando, lo sorprendía el lucero de la mañana.

Ilhuicamina01

      En una ocasión, Ilhuicamina y Citlalixochitl (Estrella-Flor), se vieron a escondidas. Ella habló del temor a su padre y él habló de su enojo.

      -¿Por qué ocultarnos...? ¿Por qué reprimir nuestras emociones...? ¿Qué mal hacemos con querer ser compañeros de la vida...? Entonces Estrella-flor, con labios temblorosos, pero voz serena, dijo:

      -No nos amedrentemos, pero tampoco dejemos que nos ciegue el odio. Busquemos una solución, una salida. Mi padre se ha dado cuenta sólo de los ímpetus de nuestros cuerpos jóvenes: pero no conoce nuestros sentimientos.

      Mostrémoselos, abrámosle nuestro corazón. Así lo hicieron. Por el camino llamado "Sendero de la Serpiente Luminosa", se encaminaron rumbo a la casa del padre de la muchacha para hablar con él. Llegaron cuando las sombras de la tarde anunciaban el ocaso del día.

      El padre de la muchacha los recibió con recelo y de ese modo también les escuchó decir que ellos querían unirse. Se lo dijeron con tal firmeza y claridad que el hombre no encontró otra salida.

      -Bueno, está bien, será lo que ustedes dicen; se unirán. Pero voy a ponerte una condición, Ilhuicamina.

      Puesto que eres guerrero y flechador, escucha bien: deberás clavar la punta de una de tus flechas en el mero corazón del cielo, deberás herirlo, tendrás que hacerlo sangrar. Cuando lo logres, vuelve, entonces no pondré reparo en tu unión con mi hija.

Ilhuicamina02

      Lo que pedía el padre de Citlalixochitl era demasiado. Ella y el Flechador del Cielo lo sabían; pese a todo se dieron fuerza uno al otro.

      -No nos amedrentemos, ni dejemos que nos ciegue el odio. Pensemos, dispongamos de toda nuestra inteligencia y voluntad -decían entre sí.

      El padre de Estrella-flor estaba muy seguro de que Ilhuicamina nunca podría clavar ninguna flecha en el corazón del cielo. Eso sí: curioso veía al guerrero subir a la cima de una montaña y lanzar sus flechas con filo de obsidiana, desde que amanecía hasta que la oscuridad y el canto del tecolote invadían el campo. Pasaban los días y el flechador lanzaba más alto sus tiros, pero no lograba siquiera rozar el cielo.

      Muchas auroras y muchas lunas habían visto a Ilhuicamina subir el pico de la misma montaña. Le habían visto cansarse, pero no perder la voluntad; tiro tras tiro seguía insistiendo, buscando lo imposible, luchando contra sus propias limitaciones de ser humano. Tiro tras tiro buscaba clavarle su flecha al corazón del cielo.

      Una tarde, cuando todo parecía perdido, cuando todo parecía lucha de más, los pájaros graznaron fuerte, los venados corrieron con su veloz lentitud, la yerba y los árboles se estremecieron, gentes y gentes gritaban y manoteaban asombradas:

      -¡El sol se hincha...!

      -¡El cielo está sangrando...!

      -¡La sangre del cielo pinta las montañas...!

      -¡La sangre del cielo se refleja en el río y corre por sus aguas...!

      El padre de la muchacha salió de su casa y se quedó pasmado, quieto como si tuviera raíz, con los ojos abiertos, muy abiertos. Ante él pasaban unas mujeres manoteando; a su alrededor se escuchaba un griterío de niños y de pájaros. Arriba de él, el sol se hinchaba cada vez más; allá el cielo se manchaba, se pintaba de un color rojo encendido. Para él, desde ese momento, ya no había duda: ¡Ilhuicamina había hecho sangrar el cielo!

Ilhuicamina03

      Pasado el asombro, el padre de Citlalixochitl pidió que alguien llamara a Ilhuicamina.

      Cuando estuvieron cara a cara, el padre de Estrella-flor y el Flechador del Cielo, le dijo:

      -No me guardes rencor. Uno siempre quiere lo mejor para los suyos. He visto que eres un hombre de voluntad que no se vence fácil. Por eso, y porque mi hija es dueña de sus sentimientos y su razón, acepto que se unan. Vivan juntos, pues, y que les vaya bien.

      Desde entonces volvieron a brotar cantos de los labios de Citlalixochitl y de Ilhuicamina; desde entonces no cesaron, desde entonces se extendieron como un eco.

      Cuenta la leyenda que, desde entonces, los pájaros anuncian en las tardes la presencia de Ilhuicamina, ya no en persona, sino en espíritu. Dice también que si los pájaros cantan con más fuerza en un momento dado, es porque lo están viendo subir al pico de su montaña. Siempre va acompañado de Citlalixochitl. Cada uno toma su arco y su flecha, cada uno apunta hacia arriba, cada uno lanza su proyectil hacia el espacio. Las flechas de Citlalixochitl y de Ilhuicamina han volado y se clavan en el corazón del cielo, que es el sol. Ahí muere un día y nace una noche. A eso nosotros le llamamos ocaso, a eso nosotros le llamamos caída del sol...crepúsculo...

Versión: Antonio Ramírez Granados.

2009/03/31

Octavio Paz

El 31 de Marzo de 1914 nacio uno de los mas grandes escritores (para mi) de México, poeta, ensayista, diplomatico y por supuesto premio nobel de literatura en 1990.


Siempre atento al mexicano, de su forma de concebir su entorno y a si mismo, curioso por naturaleza aprovecho sus viajes a europa y asia para tambien adentrarnos a otras culturas a travez de su mirada, no le encuentro nada reprochable a Paz, nisiquiera que dejara la izquierda Mexicana, pues entendia bien que no todo es blanco y negro, sino que hay mas colores y tonos en los pensamientos, tal vez lo unico "reprochable" es que no nos haya regalado mas de su sabiduria, pues sus obras no son muchas, sin embargo son muy ricas.

Me gusta Paz, por que es claro, no da vueltas, no adorna, deja que la palabra misma nos envuelva con su propia fuerza, sabe utilizar los tonos correctos.

Ahora, sale de mi lo mexicano que llevo y es hora de criticar jejeje, en verdad no me gusta, que a veces no salimos del "es una lastima que..." o "Que vergüenza que..." algo que como mexicanos no nos podemos quitar, si sale el sol, nos quejamos, si no sale... tambien, pero que en noticieros ni periodicos he visto algo sobre Paz el dia de hoy, igual y no revise bien, pero "es una lastima" (jejeje) que no se celebre el dia de su nacimiento, al menos recordarlo, saber que un dia como hoy un orgullo para nuestro pais, que le dio tanto a mexico, no sea recordado, eso si, de Irma Serrano, Neri Castillo entre otros "grandes" mexicanos si estamos al dia (notese el sarcasmo).

Estes donde estes, gracias por poner a Mexico muy en alto Octavio Paz.

"Haikus" y "Tres momentos de la literatura Japonesa" de Paz, aqui:

Sendas de Oku de Matsuo Basho, traducido por Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, aqui:

Octavio Paz en wikipedia:

Mas sobre Octavio Paz en los-poetas.com (obra y biografia):

Video:
satrianivai04 (usuario de youtube) da a su manera su opinion sobre los diputados cuando no querian poner en letras de oro el nombre de Octavio Paz en el muro de honor de la camara de diputados (¡imbeciles!), nota relacionada para quien no supo, aqui



Entrevisa hecha a Octavio Paz:

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