Otro sofisma de autoridad – Jeremy Bentham

2016/09/21

Jeremy_Bentham

Sofisma de autoridad: la que un individuo quiere darse a si mismo.

Nada más común en la sociedad que la estratagema del amor propio dé un individuo que, apremiado por cualquier argumento, trata de deshacerse de él haciendo valer su opinión como constitutiva de autoridad por sí misma. La vanidad toma, a este respecto, dos giros muy opuestos: el de la hipocresía y el de la franqueza. Por la primera se trata de debilitar el argumento del adversario fingiendo no entenderlo; por la segunda, uno se coloca inmediatamente en una altura que quita toda ventaja al adversario.

      Este género de artificio y de arrogancia no es extraño a las asambleas políticas: suelen verse en ellas individuos que convierten en un medio imponente su ignorancia afectada o su pretendida superioridad:

 

Sofisma de la ignorancia afectada.

Un hombre elevado en dignidad se levanta contra una medida propuesta, contra un proyecto de reforma en materia de leyes civiles o penales. No lo ataca directamente; se limita a un insinuación oblicua. Toma un tono más que modesto para declarar que no entiende nada, que el autor es sin duda más hábil que él, pues él no ha podido penetrar el sentido de la ley en cuestión; que, en una palabra, no podría formar un juicio sobre la conveniencia de la medida.

      ¿Dónde está ahora el sofisma?, se dirá. ¿No es franca y modesta una tal confesión? Sí, a no ser porque quien habla así, entiende que esta confesión de un hombre como él, ha de fundar una presunción en contra de la medida y entrañar su rechazo sin examen. "Si yo, constituido en dignidad, yo superior en luces, confieso mi incapacidad ¿qué debéis pensar de la vuestra?" Esto es lo que él quiere dar a entender. Es una manera desviada de intimidar; es arrogancia bajo una tenue capa de modestia.

      Un hombre de buena fe, en ese estado de ignorancia que le impide juzgar ¿podría pedir razonablemente otra cosa que tiempo para ilustrarse? ¿No entraría en los detalles de la medida para mostrar lo que tiene de oscuro y lo que requiere explicaciones?

      Con un verdadero sentimiento de su incapacidad, no se tomaría parte ninguna en el debate; pero el que se hace fuerte con su ignorancia pretende condenar la reforma propuesta sin alegar razón ninguna; y este pretexto es una confesión tácita de que no tiene razones que dar contra ella.

      Quiere evitar la discusión, de la que no saldría bien librado, y se refugia en esta pretendida ignorancia sobre la cual está bien seguro de no ser tomado en descubierto. Desgraciadamente, ese es el síntoma de un mal incurable; pues, según el proverbio: "No hay peor sordo que el que no quiere oír".

      La autoridad que se daría a este sofisma está basada en que los hombres de leyes son más versados que otros en materia de leyes. Este exige una distinción: ellos conocen mejor la ley tal como es; y si no tienen interés que los seduzca, están más abocados a juzgar de lo que debe ser; pero si no han estudiado la ley sino como un oficio, si no han pensado más que en sacar partido de sus imperfecciones, muy lejos de ser más capaces que otro para dirigir al legislador, son más propios para extraviarlo.

      Que un hombre envejecido en una rutina legal se confiese incapaz de captar otras ideas, no es siempre un pretexto falso. Toda su sagacidad se ha agotado en el estudio del sistema que tenía interés en conocer: no encuentra ni facilidad ni placer en combatir sus costumbres y en dar a su espíritu una dirección enteramente nueva. No sería asombroso que un militar que ha pasado en los combates no fuera apropiado para cambiar de servicio y vendar a los heridos. Es una industria muy diferente. Telefo no ha dejado sucesores: su lanza, que hacía las heridas y las curaba, no se ha encontrado entre las curiosidades de Herculano.

 

Sofisma del panegirista de sí propio.

No hablo aquí de la inocente vanidad que se preconiza a sí misma bajo el aspecto de los talentos: esta es una debilidad que apenas si puede mostrarse impunemente en una asamblea, y para la cual sirve escasamente de disculpa el mérito más distinguido.

      Pero pueden incluirse bajo ese epígrafe las pretensiones de aquellos que, en el ejercicio de sus empleos, reclaman deferencia para sus opiniones, confianza en su conducta en razón de su carácter y del respeto que ellos tienen consigo mismos; respeto que convierten en una defensa contra la crítica y el examen. Sus asertos son pruebas y sus virtudes son garantías. Propónganse reformas, atáquense los abusos, pídanse precauciones, encuestas, medios de publicidad, ellos hacen escuchar un acento de sorpresa y casi de dolor, como si se dudara de su moral, como si su honor estuviera herido. Mezclan diestramente a algunas objeciones el panegírico de su probidad, de su desinterés, de su entrega al bien público; y una cuestión política se encuentra reducida siempre a su amor propio personal.

      Tales consideraciones son sofismas, no sólo por ser extrañas al mérito de la cuestión, sino también porque encierran implícitamente asertos que no están de acuerdo con la naturaleza del hombre: van contra los hechos mejor fundados sobre los motivos que determinan al corazón humano; niegan la influencia de un interés personal en los casos en que puede presumirse que actúa con la mayor fuerza.

      Hasta tanto no le sea dado al hombre el leer en los corazones, el hipócrita podrá hablar como el hombre de bien; y, cuanto menas gobernadas estén sus acciones por la virtud, más interés tendrá en exhibirla en sus discursos. El que cumple todos sus deberes por un sentimiento habitual, acostumbrado a esta probidad que nunca lo abandona, no piensa en hacerse honor de ella ante los ojos ajenos más que ante los propios. La ostentación es casi siempre alarde de una cualidad que no se tiene.

      Hay, pues, que contar entre los sofismas esta apelación a sus virtudes por parte de un hombre público que quiere hacer juzgar de su conducta por su carácter, y no de su carácter por su conducta.

      Si hay un principio cierto en política, es el de que no existe virtud en los gobernantes, capaz de substituir a las salvaguardias de una buena ley.

Jeremy Bentham.


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